Te he perdido por si acaso y mientras tanto
Un banquero fantasma, unos caciques bañados en oro, una orquesta llamada Nombre y la canción sin dueño del país del disimulo.
Hay en Caracas un género musical que lleva en el nombre su propia teoría. Se llama salsa baúl, y el baúl no es una metáfora del cuerpo ni del barrio ni del coche—en mi país al maletero se le llama maleta— , sino exactamente lo que la palabra significa: una especie de arca donde se guarda cosas que ya no se usan o que están viejas y no quieres regalar.
El nombre proviene de la idea de rescatar música guardada en el "baúl de los recuerdos"; vieja frase hecha del bolero y las radios populares. El género se bautizó a sí mismo con un cliché sentimental, que es la manera más honesta de bautizarse. La salsa baúl —también es conocida como salsa romántica— es música que estuvo guardada por décadas. Temas de los ochenta y noventa que el tiempo venció. Canciones melosas y despechadas que ya se consideraban viejas, exhumadas por una economía de cedés quemados que se vendían en calles y autopistas. Compilaciones con portadas de dudosa reputación, armadas por DJs locales que introdujeron una alteración decisiva en todo este asunto y era el de bajar el pitch, la velocidad original de las canciones, para crear una atmósfera más íntima, más lenta —rebajada—, más grave que la de su vida anterior, como si el encierro en ese baúl les hubiera cambiado el tempo. El género nació en los barrios populares de Caracas, creció en la cultura del "baile pegao", el despecho y el amor imposible como forma de vida pública y construyó su modelo sin pasar jamás por una discográfica. Es un canon en el sentido fuerte, con canciones que todo el mundo reconoce a los dos compases, pero a la vez, está en tierra de nadie. Un repertorio administrado por displays —sistemas de sonido móvil— y choferes de carrito por puesto.
En el centro de ese canon voy a colocar una canción que parece escrita para explicarlo. Se llama “Te he perdido” y la canta, en la versión que media país conoce, una orquesta de Curazao de nombre que apenas es un nombre: Grupo Name. La letra es de un barroquismo devocional que no se parece a nada de lo que la rodea. El que canta se compara con un religioso que renuncia a su altar, con un pecador que pierde a dios por su andar, con un ave que pierde el vuelo en la tempestad.
Nadie habla así en mi país. Nadie habló así nunca en ninguna parte, y sin embargo la canción funciona desde hace décadas en el ambiente menos devocional imaginable, y si uno pregunta quién la canta, la respuesta llega sin titubeos — “el grupo sin nombre”.
Preguntar quién la escribió sería tan raro como preguntar quién es el dueño del baúl. Mi obsesión última por esta canción, y la historia alrededor de ella, hace esa pregunta rara y la respuesta no conduce a un compositor sino a todo un país.
Un tema de 1974, que triunfó y desapareció. Una firma de pocas letras, que ni siquiera es estable. Un comentario anónimo en un blog. Y, al fondo del baúl, un banquero italiano que acuñaba monedas de oro con figuras de caciques venezolanos, con una falsa garantía de profesionalidad suiza, en la Venezuela de Marcos Pérez Jiménez.
Hasta aquí, el resumen es el de una canción que habla sobre la pérdida que fue perdida por todos los que la tuvieron, hasta acabar en el archivo de lo perdido. Habrá que averiguar cómo carajo se hace para perder tanto.
Ahora bien, la versión que todos conocen es, sin embargo, la segunda.
La primera duerme en el baúl de los sencillos que nadie reeditó.
Sello Yare, 1974. Referencia 45-642
En el label rojo, sobre el nombre del sello, un diablo de máscara cornuda — el diablo danzante de Yare, el que baila cada Corpus Christi para rendirse ante el mismísimo. Un emblema que promete que el mal, correctamente administrado, termina de rodillas.
Arriba en mayúsculas se lee: HENRY STEPHEN.
Abajo: TE HE PERDIDO.
Más abajo: Recard
A ver, que Henry Stephen no era un desconocido. Era, en ese preciso año, el artista más vendido en la historia del país. El hombre de “Mi limón, mi limonero”, el hit del 1968 que lo había vuelto famoso hasta la caricatura, acababa de convertirse en el primer venezolano en recibir un disco de oro por un millón de copias vendidas.
Te he perdido no fue un fracaso. Los coleccionistas recuerdan que la balada logró un éxito importante a nivel nacional, tanto que el sello editó un segundo single, rareza casi inaudita en Venezuela, con la canción en inglés por una cara y en italiano por la otra.
Versión en inglés:
Versión en italiano:
Un cronista del recuerdo de cuyo nombre no quiero acordarme, lo explica con una franqueza que vale oro— “como el autor de la canción era hombre de mucho dinero, puede usted imaginarse que no escatimó en gastos de producción”.
La frase deja abierta una duda elegante que este texto no va a cerrar. Si las versiones trilingües fueron la consecuencia de un éxito o su financiamiento; si la canción subió sola o la subieron. En cualquier caso subió. Y en cualquier caso cayó después al fondo del baúl con todo su oro encima. Porque lo notable no es que la versión de Henry Stephen fracasara — es que triunfó y aun así desapareció.
Perder después de ganar: retengamos la figura, que va a repetirse.
Alguien, en todo caso, había querido que esa canción fuera tomada en serio. Basta mirar la contraportada del single: la letra completa impresa en mayúsculas sobre un paisaje de montañas, y en el medio —detalle insólito para un 45 de música popular— un pentagrama con la melodía, como si el disco aspirara a ser también partitura, obra, documento.
Abajo, una firma manuscrita reproducida en facsímil. Se lee, con esfuerzo, “Recad”. En el label del disco (foto de arriba, a color), en cambio, el crédito impreso dice “Recard”. Cinco o seis letras, según dónde se mire. El autor de la canción ni siquiera tiene un seudónimo estable. Firmó como se firma un cheque, y la imprenta hizo el resto.
Durante décadas nadie preguntó quién era Recard o Recad. La pregunta recién obtuvo respuesta el 5 de noviembre de 2020, a las 17:43, en el lugar donde se resuelven y se pierden todas las causas menores de la cultura popular: la sección de comentarios de un blog.
Un lector anónimo de una bitácora dedicada a la discografía venezolana del recuerdo, escribió que el nombre de este señor era Remo Cademartori, por eso firmaba Recad — y agregó, como nota curiosa, que el señor en cuestión había sido promotor, desde 1955, de la acuñación de las monedas de oro “Caciques de Venezuela”.
Ninguna fuente, ninguna firma verificable, ningún documento. Un comentario en el mismo blog del coleccionista que aportó los discos lo llama, sin más trámite, “El señor Remo. Dueño de Italcambio”. Y el dato es impreciso, como verán más adelante, pero la imprecisión misma es un dato: la memoria popular ya sabía que el letrista fantasma pertenecía a la órbita del dinero cambiario, aunque no supiera exactamente dónde.
Voy a ser sincero, toda la historia que sigue cuelga de ese hilo. La identificación de Recad con Remo Cademartori es, hasta hoy, un rumor de internet— que suena plausible. Además, se repite —una cantante lo homenajeó en YouTube nombrándolo autor— pero cada repetición parece descender de aquel comentario único. Lo que voy a hacer ahora con ese hilo es tirar de él. Y del otro lado del hilo, en el fondo, hay —sorpresa— un banquero.
Diciembre de 1956
En una de las terrazas del hotel Tamanaco —el hotel que lleva nombre de cacique y domina, dice la crónica, "el panorama desconfinado de la capital"— el armador Gioacchino Lauro ofrece una recepción a los dueños de las agencias de viaje de Caracas. Viene a anunciar que la motonave Surriento unirá Italia y Venezuela desde el próximo diciembre. Hace los honores de casa con squisita signorilità, coadyuvado por sus dos agentes exclusivos para Venezuela. Uno se llama Remo Cademartori. El otro se llama Mario Pizzorni, y ese nombre hay que anotarlo, porque es el único de toda esta historia que no va a perder nada.
Pizzorni, inmigrante milanés llegado después de la guerra, había fundado en 1948 una casa de cambio llamada Italcambio, que con el tiempo sería la más antigua y la más grande de América Latina, y que existe todavía. Los dos socios de la terraza del Tamanaco: uno fundó el imperio que sobrevivió a todo; el otro es el fantasma que este texto persigue.
Es la única fotografía verbal que tenemos de Cademartori en sociedad, y hay que mirarla bien porque contiene todo: la colonia italiana próspera de los años del Nuevo Ideal Nacional, el tráfico marítimo entre dos países que se llenaban mutuamente de gente y de mármol, y un comendador que oficia de bisagra. Venezuela vivía entonces su década de cemento. Pérez Jiménez convertía el petróleo en autopistas, en hoteles de lujo, en la sensación planificada de un destino. Para los contratistas y agentes de la órbita del régimen, el país era una terraza con vista.
Cademartori tenía, además del despacho naviero, un banco. Se llamaba Inter-Change Bank Suiza y, como ven, estaba registrado como un banco suizo, pero en un sentido muy particular.
El nombre Inter-Change Bank Suiza—curiosamente, “Suiza” es la única palabra en español —, grabado en el reverso de unas medallas de oro, producía en la gente la impresión de que una institución helvética garantizaba la pureza del metal y la exactitud del peso. La garantía era puramente teórica porque nunca hubo nada suizo ni por delante ni por detrás. Era el banquito personal del doctor Cademartori registrado en Caracas, y las medallas eran su gran obra: Caciques de Venezuela del siglo XV, acuñados desde 1955 en oro Ley 900, con los rostros que el pintor Pedro Centeno Vallenilla imaginó para Guaicaipuro, Tiuna, Mara, Tamanaco — los jefes de la resistencia contra el conquistador, los héroes que perdieron. Doce caciques al principio, después más de veinte: la derrota fundacional de un continente, editada en fascículos de oro Ley 900.
El objeto es de una ambigüedad refinada.
Las medallas eran consideradas por algunos como “monedas”: simulaban ser dinero sin serlo del todo, respaldadas por un banco que simulaba ser suizo sin serlo en absoluto, con héroes indígenas diseñados por el pintor oficial de la venezolanidad muscular. Y el país las adoptó con entusiasmo: la Savoy sacó chocolates con los caciques de las medallas, la Fosforera Venezolana les dedicó cajas de fósforos, la línea aérea Aeropostal bautizó sus Super Constellation con sus nombres y llamó a su ruta hacia Europa la Ruta de los Caciques. Los vencidos del siglo XVI volaban, endulzaban, encendían. Todo el aparato simbólico de la nación funcionando a pleno, montado sobre una garantía que nadie había verificado porque verificar habría sido de muy mal gusto.
Después, el 23 de enero de 1958, cayó el régimen. Y el banco suizo “se hizo el suizo” declarándose en quiebra poco después.
La causalidad no está en ningún documento; la cronología, en todos.
Se supone que Remo era “socio” de algunos en el gobierno—un enchufado de los de toda la vida, pero nadie lo validó. Lo que sí quedó registrado fue la manera de la desaparición. El nombre del Inter-Change Bank Suiza no fue retirado de las medallas por ningún acto, por ningún anuncio. Fue sustituido paulatinamente, a medida que se hacía necesario grabar nuevos troqueles en reemplazo de los desgastados.
El banco se desgastó.
Se borró del oro por erosión, que es la forma más discreta que existe de quebrar.
Los caciques, en cambio, no se detuvieron. Cademartori vendió su participación en el negocio de las medallas, y el comprador fue —el lector ya lo adivinó— la empresa de su viejo socio de la terraza del Tamanaco: Italcambio.
Bajo la nueva dirección, la colección siguió creciendo, superando las veinte piezas y expandiéndose a la plata. La organización que heredó la colección aún hoy se dedica a las colecciones de medallas, además de casas de cambio, turismo y moda. En esta historia, todo lo demás —el banco, el autor, el cantante, la orquesta— se desvanecerán, pero es importante señalar que desde el principio la única excepción fue don dinero.
El troquel de las benditas monedas sobrevivió a todos sus dueños. Solo hubo que borrar ocasionalmente el nombre grabado en el reverso. Dieciséis años después de la caída, un hombre mayor firmó con las primeras letras de su nombre la letra de una balada sobre alguien que lo perdió todo. El religioso que renuncia a su altar. El marino que renuncia al sol y al mar — el agente naviero sabía de qué hablaba. El pecador que por su andar perdió a su dios.


En 1987, el dramaturgo José Ignacio Cabrujas respondió un cuestionario de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado y dejó escrito el ensayo más citado y menos leído de la cultura venezolana. Su idea central: Venezuela no se fundó como proyecto sino como campamento. Un lugar al que se llega a buscar oro, donde se vive en lo provisional mientras dure, y donde el Estado no es un pacto sino un truco — una escenografía de legitimidad que reparte una riqueza que no produce, y a la que nadie exige verdad sino magnanimidad. En el campamento, la ley no es norma sino gesto; se la acata sin cumplirla, herencia colonial perfeccionada.
A ese régimen de existencia, Cabrujas lo llamó “disimulo”. Y no por la mentira, que es un acto, sino por el pacto tácito de no verificar, que es un clima.
Cabrujas. De libre descarga
No hace falta forzar nada. El lector ya vio el Inter-Change Bank Suiza: un decorado suizo aceptado por todos a condición de que nadie lo tocara. Ya vio las medallas: la épica fundacional convertida en bibelot, los héroes de la resistencia derretidos en producto, el país adornándose con símbolos que no habita — el Estado mágico—dijo el antropólogo venezolano, Fernando Coronil en su libro El Estado mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela, retomando precisamente a Cabrujas—, un prestidigitador que fabrica espectáculos de progreso; las medallas son el Estado mágico en formato de bolsillo. Ya vio la quiebra por desgaste de troquel, la desaparición sin acta. Ya vio el negocio pasar de un socio al otro sin que la colección se detuviera un solo día. Y ya vio al financista disimulado dentro del letrista, firmando con un seudónimo que ni siquiera se puso de acuerdo consigo mismo.
Lo que parecía una anécdota exuberante era una miniatura. Cada eslabón de esta historia obedece la misma regla: todos saben, nadie certifica. La autoría de la canción es un rumor con hora exacta. La amistad con el dictador es una cronología sin documento. La garantía del banco era teórica. El “dueño de Italcambio” del recuerdo popular es una imprecisión que acierta por aproximación. Hasta el diablo del sello Yare es un mal que baila para fingir que se rinde. En el país del disimulo, la propiedad de una canción no podía ser otra cosa que una ficción notarial más — un pentagrama impreso en una contraportada que nadie miró, una firma facsimilar que la imprenta transcribió mal.
Y una ficción notarial es, por definición, algo que otro puede llevarse sin violencia. Bastaba con no preguntar.
¡Disimule, muchacho, disimule!

Nadie preguntó. En algún momento de los años ochenta, una orquesta de Curazao grabó Te he perdido en clave salsa. Del permiso no hay noticias; de la orquesta, casi nada; del disco original, directamente nada — no figura en las bases de datos discográficas, no circula una foto del label, no se conoce sello ni año cierto. La versión más famosa de la canción existe hoy como archivo digital de un archivo pirata de un casete de un vinilo que nadie ha visto: la cadena de custodia perdida de punta a punta, como corresponde.
La orquesta se llamaba —se llama, en el presente eterno de los altavoces— Grupo Name. Y hay que detenerse en ese nombre, porque es el chiste final de la historia: una banda llamada Nombre. El campo del formulario sin llenar, elevado a razón social. Como si en el punto exacto donde esta historia necesitaba un autor, la lengua hubiera puesto un genérico—aquí iría un nombre.
Curazao y la costa venezolana llevan tres siglos unidas por el contrabando; la isla fue siempre el depósito franco de lo que Tierra Firme no podía o no quería comerciar a la luz. La canción hizo la ruta clásica: salió de Venezuela sin dejar constancia, se transformó en la isla y volvió de contrabando por donde vuelven las mercancías sin papeles. En Caracas la esperaba el género que parecía inventado para recibirla. Ahí, más lenta y más grave que en todas sus vidas anteriores.
Te he perdido se volvió por fin verdadera.
Le costó únicamente TODO: el autor, el intérprete original, el permiso, el papel.
Quedan los saldos, y conviene enumerarlos porque el patrón es la tesis.
Remo Cademartori: sin biografía, sin fecha de muerte pública, un comentario de blog por lápida.
Henry Stephen: el primer venezolano en vender un millón de discos, muerto en Caracas el 5 de abril de 2021, de covid, en una cama del Hospital Militar; se dijo que no dejó ni para el entierro, y nadie lo certificó. El Estado tuiteó esa misma tarde que siempre lo recordaría — la memoria como gesto oficial, el disimulo en su forma terminal.
El Inter-Change Bank Suiza, borrado del oro por desgaste.
El Grupo Name esfumado hasta el punto de que los propios salseros preguntan en las redes qué fue de su vida — el grupo que rescató la canción del olvido no consiguió rescatarse a sí mismo.
Y contra ese inventario de pérdidas, la única línea que nunca dejó de acuñar: los caciques de oro, que siguen saliendo del troquel bajo el nombre del socio de la terraza del Tamanaco, en el catálogo de una organización que hoy vende, además de divisas y medallas, tequila con licencia de Frida Kahlo.
Los héroes que perdieron, administrados por los únicos que nunca pierden.
Te he perdido como el banquero a su banco, como el cantante a su millón de discos, como la orquesta a su nombre, que ya era apenas un nombre.
En el país del disimulo, donde todo lo que se posee es provisional porque el campamento no admite herencias, hay exactamente dos formas de permanencia; la del troquel que no tiene memoria, y la de la canción que no tiene dueño. Todo lo demás se pierde. La canción lo entendió antes que nadie y se dejó perder por todos, una vez por cada uno, hasta quedar a salvo en el único lugar seguro del país — el baúl de los recuerdos, donde se guarda lo que ya nadie puede quitarle a nadie.
Y la canción—por si acaso y mientras tanto— sonando cada día y cada noche. Ese tarareo que provoca una sensación rica en el cuerpo, al final es propiedad del usuario y patrimonio de nadie.
Gracias por llegar hasta aquí. Feliz escucha.
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La semana va limones y limonero. La canción me obsesionaba de niño porque era un galimatías que nadie entendía, pero tuvo mucho éxito. De hecho pensaba ponerla en el post de esta semana. En ti, como siempre, queda brillante. El país del disimulo son todos. ¿No? Muchas gracias. Por cierto, ¡vaya historia!, una banda de sinvergüenzas.
Jajajaakaj, tengo esa colección de cajas de fósforos! 🙂↔️ qué maravilla de post, no joda. Justo estaba readaptando un texto de mi tesis de Cabrujas para compartirlo porque el hombre cumpliría años el 17/07, pero esto me dejó en pañales. Lo bueno es que Stephen murió en su ley: limpiecito de cloro Lavansán.