Identidad, música y política en el andar
Cómo el caminar de Tony Manero y Richard Ashcroft, revelan las tensiones de sus épocas y trascienden lo personal, convirtiéndose en símbolos culturales.
“Solo los pensamientos que se conciben al aire libre, mientras se camina, tienen algún valor.”
Friedrich Nietzsche, Ecce Homo (1888)
El arte, en cualquiera de sus formas, tiene la capacidad de marcar nuestras vidas. Para mí, dos momentos en la historia de la música y el cine están unidos por una conexión íntima: Fiebre de sábado por la noche (1977) y Bitter Sweet Symphony (1997) de The Verve. Aunque separados por dos décadas, ambos representan narrativas universales sobre la búsqueda de identidad y la tensión entre lo personal y lo colectivo.
Caminatas como narrativas
El acto de caminar ha sido interpretado a lo largo de la historia como un gesto cargado de significados culturales, políticos y filosóficos. Desde los senderos rituales de los Andes hasta los paseos urbanos, cada caminata cuenta una historia que conecta al individuo con su entorno y con las tensiones de su época. Tony Manero (John Travolta), en la Nueva York de 1977, y Richard Ashcroft, en el Londres de 1997, encarnan dos momentos icónicos donde el caminar se convierte en un lenguaje de resistencia, identidad y reflexión.
Nueva York, 1977—Tony Manero y la promesa del disco
En los años 70, como DJ, fui testigo del auge de la música disco, un género que trascendió el entretenimiento para convertirse en una válvula de escape para una generación atrapada en la precariedad urbana. El estreno de "Fiebre de sábado por la noche" fue un fenómeno cultural que capturó la esencia de la época. Tony Manero, con su andar confiado al ritmo de "Stayin' Alive", encarnaba la aspiración de trascender el caos urbano a través del brillo del disco.
La pista de baile se transformaba en un espacio donde las tensiones sociales y económicas se diluían momentáneamente bajo las luces de colores. Tony, con su vestimenta impecable y movimientos seguros, proyectaba una imagen de esperanza, de aspiración.
Aunque efímera, la experiencia disco ofrecía una liberación que desafiaba las limitaciones de clase y género, permitiendo a las personas encontrar un respiro del día a día.
En la Nueva York de 1977, una ciudad sumida en la crisis, la bancarrota había diezmado los servicios públicos, dejando las calles de Brooklyn como un reflejo de esta precariedad. Tony, con cada paso seguro por este escenario neoyorquino deteriorado, desafiaba las circunstancias, proyectando una ilusoria confianza que alcanzaba su apogeo en la pista de baile.
Londres, 1997—Richard Ashcroft y el desencanto post-thatcheriano
Mientras la música disco en los años 70 había ofrecido una promesa de liberación y esperanza en medio del caos urbano, dos décadas después el panorama había cambiado drásticamente. El Reino Unido de los 90 reflejaba el desencanto generado por las políticas neoliberales instauradas durante la era Thatcher. Este contexto socioeconómico alimentó una sensación de alienación colectiva, particularmente entre la clase trabajadora, dando lugar a expresiones culturales como el Britpop que alternaban entre la nostalgia y la crítica social.
En este contexto, "Bitter Sweet Symphony" de The Verve se erige como un himno de resistencia emocional. Richard Ashcroft, al transitar con determinación por las calles de Londres y chocar con los transeúntes, personificaba la alienación y el desencanto de una generación marcada por las promesas incumplidas del individualismo.
La letra de "Bitter Sweet Symphony" encapsulaba este sentimiento: "Eres esclavo del dinero, luego mueres". El caminar de Ashcroft, austero y desafiante, simbolizaba una resistencia silenciosa, una declaración de existencia en un sistema que alienaba a los individuos.
El video de la canción, con su estética austera, destacaba la monotonía urbana de Londres. La marcha inquebrantable de Ashcroft, que chocaba constantemente con la indiferencia de los transeúntes, reflejaba la lucha cotidiana de una generación atrapada entre el desencanto y la resignación. Su caminar no era una solución, sino una afirmación de resistencia emocional frente a un entorno hostil y alienante.
Caminando se llega lejos
Tony Manero y Richard Ashcroft, a pesar de la distancia temporal y contextual que los separa, comparten un elemento común en sus respectivas representaciones cinematográficas: la caminata como medio para explorar la interacción entre el individuo y su entorno. Mientras que Tony Manero se dirige con determinación hacia la promesa de reconocimiento en la pista de baile, Richard Ashcroft avanza contra una corriente indiferente. Ambos movimientos, aunque distintos en su ejecución, constituyen declaraciones de resistencia: uno, impregnado de esperanza; el otro, caracterizado por una resignación melancólica.
La caminata de Tony Manero simboliza una búsqueda incesante de afirmación personal en un mundo caracterizado por la incertidumbre y el caos. Su vestimenta cuidadosamente seleccionada y su porte seguro proyectan una aspiración que trasciende las limitaciones socioeconómicas de su entorno inmediato. Por el contrario, Ashcroft adopta una postura de rechazo hacia las pretensiones sociales, abrazando una estética despojada y minimalista que refleja el desencanto y la alienación de su generación. Su marcha, aunque aparentemente pasiva, se configura como una forma de resistencia emocional frente a un sistema social alienante y deshumanizante.


Filosofía del caminar
El caminar, más que un acto físico, ha sido interpretado a lo largo de la historia como un gesto cargado de significados culturales, políticos y filosóficos. Para Henry David Thoreau, caminar era una forma de reconectar con lo esencial, un rechazo al ritmo frenético de la modernidad. En su ensayo Caminar (1862), defendió la idea de la caminata como un acto de libertad y reflexión, donde cada paso se convertía en un acercamiento al autoconocimiento.
De manera similar, Robert Walser, en su relato El Paseo (1917), transformó el acto de caminar en una experiencia poética. Walser celebró la belleza de lo cotidiano, destacando cómo cada paseo podía revelar detalles asombrosos que pasaban desapercibidos en la prisa diaria. Para Walser, caminar era un medio para desacelerar y redescubrir el mundo.
“—Pasear —respondí yo— me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada. Sin pasear y recibir informes no podría tampoco rendir informe alguno ni redactar el más mínimo artículo, y no digamos toda una novela corta. Sin pasear no podría hacer observaciones ni estudios. Un hombre tan inteligente y despierto como usted podrá entender y entenderá esto al instante. En un bello y dilatado paseo se me ocurren mil ideas aprovechables y útiles. Encerrado en casa, me arruinaría y secaría miserablemente. Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando, en tanto que me ofrece como material numerosos objetos pequeños y grandes que después, en casa, elaboro con celo y diligencia. Un paseo está siempre lleno de importantes manifestaciones dignas de ver y de sentir. De imágenes y vivas poesías, de hechizos y bellezas naturales bullen a menudo los lindos paseos, por cortos que sean. Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo. Piense cómo el poeta ha de empobrecerse y fracasar de forma lamentable si la hermosa Naturaleza maternal y paternal e infantil no le refresca una y otra vez con la fuente de lo bueno y de lo hermoso. Piense cómo para el poeta la instrucción y la sagrada y dorada enseñanza que obtiene ahí fuera, al juguetón aire libre, son una y otra vez de la mayor importancia. Sin el paseo y sin la contemplación de la Naturaleza a él vinculada, sin esa indagación tan agradable como llena de advertencias, me siento como perdido y lo estoy de hecho. Con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea la más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un ratón, una nube, una montaña, una hoja o tan sólo un pobre y desechado trozo de papel de escribir, en el que quizá un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas letras. Las cosas más elevadas y las más bajas, las más serias y las más graciosas, le son por igual queridas y bellas y valiosas. No puede llevar consigo ninguna clase de sensible amor propio y sensibilidad. Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresada y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias, privaciones, como el bravo, servicial y dispuesto al sacrificio soldado en campaña. De otro modo, pasea tan sólo con media atención y medio espíritu, y eso no vale nada. Tiene que ser capaz en todo momento de compasión, de identificación y de entusiasmo, y ojalá que lo sea. Tiene que alzarse a elevado arrebato y hundirse y saber descender a la más profunda y mínima cotidianeidad, y probablemente sabe. Pero ese fiel y entregado disolverse y perderse en los objetos y ese celoso amor por todas las manifestaciones y cosas lo hacen feliz, como todo cumplimiento de obligación hace feliz y rico en lo más íntimo a quien tiene una obligación que cumplir. Espíritu, entrega y fidelidad lo satisfacen y elevan sobre su propia e insignificante persona de paseante, que con demasiada frecuencia tiene reputación y mala fama de vagabundeo e inútil pérdida de tiempo. Sus múltiples estudios lo enriquecen y entretienen, lo calman y refinan y rozan a veces, por improbable que pueda sonar, con la ciencia exacta, lo que nadie creería del en apariencia frívolo caminante. ¿Sabe usted que mi cabeza trabaja dura y tercamente, y a menudo estoy activo en el mejor de los sentidos, cuando parezco un archigandul y persona frívola sin responsabilidad, sin pensamiento ni trabajo, perdido en el azul o en el verde, lento, soñador y perezoso, que ofrece la peor de las impresiones? Secreta y misteriosamente, siguen al paseante toda clase de hermosos y sutiles pensamientos de paseo, de tal modo que en medio de su celoso y atento caminar tiene que parar, detenerse y escuchar, que está cada vez más arrebatado y confundido por extrañas impresiones y por la hechicera fuerza del espíritu, y tiene la sensación de ir a hundirse de pronto en la tierra o de que ante sus ojos deslumbrados y confusos de pensador y poeta se abre un abismo. La cabeza se le quiere caer, y los por lo demás tan vivos brazos y piernas están como petrificados. Paisaje y gente, sonidos y colores, rostros y figuras, nubes y sol giran como sombras a su alrededor, y ha de preguntarse: «¿Dónde estoy?». Tierra y cielo fluyen y se precipitan de golpe en una niebla relampagueante, brillante, apelotonada, imprecisa; el caos empieza, y los órdenes desaparecen. Trabajosamente, el conmocionado intenta mantener su sano conocimiento; lo consigue, y sigue paseando confiado. ¿Considera usted del todo imposible que en un suave y paciente paseo encuentre gigantes, tenga el honor de ver a profesores, trate al pasar con libreros y empleados de banca, hable con futuras jóvenes cantantes y antiguas actrices, coma con ingeniosas damas, pasee por los bosques, envíe peligrosas cartas y me bata violentamente con insidiosos e irónicos sastres? Todo esto puede suceder, y creo que de hecho ha sucedido. Al paseante le acompaña siempre algo curioso, reflexivo y fantástico, y sería tonto si no lo tuviera en cuenta o incluso lo apartara de sí; pero no lo hace; más bien da la bienvenida a toda clase de extrañas y peculiares manifestaciones, hace amistad y confraterniza con ellas, porque le encantan, las convierte en cuerpos con esencia y configuración, les da formación y ánima, mientras ellas por su parte lo animan y forman. En una palabra, me gano el pan de cada día pensando, cavilando, hurgando, excavando, meditando, inventando, analizando, investigando y paseando tan a disgusto como el que más. ¡Y aunque quizá ponga la cara más complacida del mundo soy serio y concienzudo en grado sumo, y aunque no parezca más que delicado y soñador soy un sólido experto! Espero que todas estas detalladas explicaciones le convenzan de mis sinceras aspiraciones y le satisfagan plenamente.”
Robert Walser, El Paseo. 1917.
El caminar como resistencia y símbolo cultural
La figura de la Llorona en la tradición oral latinoamericana vincula el caminar con una búsqueda emocional y espiritual. Este personaje legendario, presente en múltiples variantes desde México hasta Sudamérica, se describe como una mujer que, tras haber perdido o asesinado a sus hijos en un acto de desesperación, vaga eternamente buscando redención. Su errancia perpetua, marcada por la culpa y el dolor, simboliza el duelo y la expiación, convirtiéndola en un eco de las memorias colectivas de pérdida y resistencia.
La Llorona, con sus lamentos que resuenan en ríos y caminos, no solo encarna un castigo personal, sino también una advertencia cultural sobre las consecuencias del abandono y la transgresión. La psicogeografía, como estudio del impacto del entorno geográfico en las emociones y comportamientos, permite una lectura contemporánea de esta figura: la Llorona no solo transita paisajes físicos, sino también emocionales y simbólicos. Su caminar conecta lo personal con lo colectivo, transformando sus desplazamientos en un mapa emocional de la memoria y el dolor
En este sentido, la Llorona comparte ciertos rasgos con la figura del flâneur, el caminante urbano definido por Charles Baudelaire y expandido por Walter Benjamin. Baudelaire introdujo al flâneur en su ensayo "El pintor de la vida moderna" (Le Peintre de la Vie Moderne, 1863), describiéndolo como un observador poético que se pierde en la multitud urbana para captar su esencia. Para Baudelaire, el flâneur es alguien que convierte el acto de caminar por la ciudad en un arte, explorando sus rincones más mundanos con un espíritu de curiosidad y sensibilidad estética.
Walter Benjamin, en su monumental e inacabada obra The Arcades Project (Das Passagen-Werk), amplió esta idea al considerar al flâneur como una figura crítica profundamente conectada con el capitalismo emergente y la transformación de las ciudades en espacios de consumo. Benjamin veía al flâneur como una metáfora del moderno, alguien que, mientras deambula por la ciudad, observa, reflexiona y confronta las estructuras sociales que la configuran. En esta obra, los pasajes cubiertos de París se convierten en un símbolo de la experiencia urbana moderna, donde el caminar se entrelaza con la historia, la economía y la cultura. En su obra, escribe: "El flâneur no busca un destino, sino el significado en los fragmentos del mundo que encuentra".
Mientras que el flâneur explora la ciudad desde un lugar de contemplación crítica, la Llorona recorre paisajes liminales cargados de dolor y significado. Ambos representan formas de habitar y resignificar el espacio a través del caminar, convirtiendo lo cotidiano en una experiencia profundamente simbólica.
Reflexiones personales
Estas obras me han impulsado a una profunda reflexión sobre mi relación con la música, la sociedad y la inexorable marcha del tiempo. Durante la década de 1970, el disco no solo representó un vehículo para mi conexión con un movimiento cultural, sino que también constituyó un refugio, una vía de escape, aunque fuera efímera, de las turbulencias inherentes a la adolescencia. En mi rol como DJ, fui testigo privilegiado de la capacidad transformadora de la música en la pista de baile: las cargas personales parecían disiparse, las identidades individuales encontraban su espacio legítimo y el ritmo tejía comunidades donde, por instantes fugaces, la posibilidad de lo extraordinario se hacía tangible.
En la década de 1990, el impacto de "Bitter Sweet Symphony" se manifestó de una manera distinta, igualmente poderosa, pero con una mayor carga introspectiva. Esta canción me transmitió la profunda lección de que caminar, incluso cuando se percibe como un acto de resignación, puede convertirse en un gesto de resistencia inquebrantable. Observar a Richard Ashcroft avanzar con esa determinación implacable era como contemplar un espejo de las luchas de una generación desencantada. Esta experiencia me condujo a la comprensión de que cada paso, aunque pesado y cargado de emociones, representa una forma de aferrarnos a nuestra humanidad, de demostrar nuestra presencia continua y nuestro avance constante.
Ambas caminatas, con su innegable carga simbólica, trascienden lo meramente estético. Constituyen lecciones vivas sobre cómo habitar el mundo: cómo, ante las tensiones sociales y los desafíos personales, siempre existe una vía para seguir adelante.
Avanzar no siempre implica correr; en ocasiones, basta con mantenerse en movimiento, paso a paso, buscando significados en el encuentro perpetuo entre lo individual y lo colectivo. Estas narrativas, incluso en la actualidad, representan un recordatorio luminoso de que, a pesar de las adversidades, siempre existe un camino por recorrer.
Caminar, en su aparente simplicidad, encierra una riqueza de significados que trascienden lo físico. Ya sea en las calles de Brooklyn junto a Tony Manero o en las calles de Londres con Richard Ashcroft, el caminar se convierte en una narrativa cargada de tensiones y significados profundos. Es una afirmación de identidad, una protesta silenciosa y una búsqueda incesante de conexión con lo esencial.
En un contexto global caracterizado por la primacía de la velocidad y la desconexión, la práctica del caminar nos reconecta con el ritmo humano, propiciando la observación, la reflexión y la resistencia.
Cada paso, por insignificante que parezca, posee la capacidad de transformar nuestra interacción con el entorno y con nuestra propia identidad.
Gracias por llegar hasta aquí. Feliz escucha.
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La canción Caminando de Rubén Blades captura con maestría la esencia de la vida como un viaje perpetuo de aprendizaje, transformación y resiliencia. Con su inconfundible estilo y un ritmo que mezcla el optimismo con la introspección, Blades invita a considerar el acto de caminar como una metáfora de la existencia misma.
Un proceso dinámico donde cada paso, por pequeño que sea, suma al trayecto general.








Algunas comparaciones son odiosas, pero esta salvando las distancias es camino, entendimiento y razón. Un gusto.